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Entra y siéntete en casa...

viernes, 15 de septiembre de 2017

Amor ~ Deseo







Hugo se quedó aquellos días en casa solo. Ella se había ido un par de días fuera.  Sería exagerado  decir que la pensaba todo el tiempo, aún así  puedo deciros que por las noches alargaba su brazo buscando sus pechos  para agarrarse y sentirse en casa.

Había llegado de trabajar más tarde de lo habitual, aquel viernes la ciudad era un puro caos. Agradeció llegar a casa  a pesar de aquella extraña sensación de vacío al no escuchar música, ni los programas de supervivencia en televisión, ni esos pasos apresurados para rodearle con sus brazos y besarle en la comisura de los labios, ni esa voz llamando su atención para que la mirase  como lo había estado esperando desnuda con una de sus camisas usadas, o  desnuda con una de sus bufandas, o desnuda con solo esos calcetines hasta las rodillas.  Aquél día no hubo nada de eso.  Solo silencio.

Aquella tarde estuvo trasteando y encontró una de esas cosas de ella. Para Hugo...
Le causó verdadera intriga.  ¿Qué podía haber escrito en ese papel color azul cielo?. Apenas llevaban un par de meses  viviendo juntos y desconocía que fuera una de esas mujeres de lírica y palabras guardadas.
Desplegó el papel del todo como si fuera un verdadero mapa mientras se sentaba en el sillón junto al balcón y dio un trago largo a su licor de media tarde de viernes.   Hola amor mío. Es lo primero que leyó.


Hola amor mío:


Recuerdo que cuando era pequeña siempre dibujaba casas en el bosque. Con su chimenea y su puerta verde, rodeada de árboles; algunos enormes y otros con raíces que sobresalían del suelo, flores y piedras que  bordeaban el camino hasta la casa.  Normalmente siempre dibujaba un hormiguero y el complejo laberinto construido por las hormigas. Siempre hacia una línea divisoria ente la superficie y el subsuelo.  Laberintos de hormigas, raíces enredadas, tesoros por descubrir.  También dibujaba un hombre con camisa de cuadro comiéndose un bocadillo y las hormigas robando las migas olvidadas. Dibujaba el sol brillando siempre, las nubes blancas,  algún pájaro volando  perdiendo una pluma en su  batir de alas.


Siempre quise tener una casa con una puerta verde y un hombre con camisa de cuadros.  Nunca imaginé tener un amor como el tuyo, cuando despierto por las noches pienso que estoy soñando, que en algún momento voy a despertar, que todo este amor que brota de mis entrañas es pura ensoñación.  "Mañana cuando despierte mi vida será como antes. Vacía, durmiente. Ausente de pasión y arrebatos".  Cuando despierto siempre estás ahí.  Y me doy cuenta que ya no soy la misma. Que lo has cambiado casi todo. Siento que contigo todo es nuevo. Todo. Quiero estar desnuda frente a ti, tumbarme a tu lado, escuchando el rumor de la ciudad  ajeno a nuestra cama, quiero que me hagas el amor casi todo el tiempo, te deseo todo el tiempo, imagino que son los locos efectos de una mujer enamorada y que ahora estoy en esa especie de luna de miel, en la que todo es delicioso néctar. Dentro  de algún tiempo todo  volverá a su cause y retomaremos la cordura y la sensatez. Dejaremos de ser novedad, incluso dejaremos de decir esas palabras que hoy son tan necesarias. Alcanzaremos la rutina.

A veces descubres mi mirada triste. Casi nadie la ve. La verdad  es que siempre tuve ese puntito triste. Amor mío, hay días que tengo miedo, a despertar y que no estés, a despertar y que sigas estando, a que después de todo terminemos naufragando, a reír a carcajadas, a llorar para vaciarme de emociones. Nunca antes viví con tanta intensidad, con tanta seguridad, confianza y calma. Y entre todas las cosas que me has aportado y regalado, entre toda esa esencia tuya, ya sé por qué me gustas tanto. La respuesta es tan simple como sorprendente. Nadie me trató nunca como tú me has tratado.

Ay amor, perdóname que me deje llevar por el desastre, sino sobrevivimos a esto quiero decirte que ha sido el viaje mas increíble que he realizado en mi vida



No había más. El corazón de Hugo latía fuerte. ¿Qué  le había hecho escribir aquellas letras, que sentido o que necesidad había en escribir cuando podía hablarlo?. Hacía años que sabía que el corazón de las mujeres siempre suele ser maquinaria compleja.  Volvió a doblar el papel y lo colocó justo en el lugar que lo encontró.  Se dirigió a la mesa, cogió el móvil.  Cuando escuchó su voz al otro lado de la línea Hugo no pudo evitar esbozar una sonrisa.




miércoles, 13 de septiembre de 2017

Ceb-e-llas



Damián es un hombre de cincuenta y tantos,  listo como uno de esos animales de bosque, silencioso y observador, tan audaz como discreto.  Eso lo había  hecho sobrevivir de ciertos episodios no muy afortunados.

Hacía tres meses que la venía observado.  Llegó a la zona de bungalós a principios de verano. Pensó que era una turista más. Pero el verano terminó y se quedó, como tantos que no pueden pagarse el alquiler de un hogar como dios manda, aunque debo decir que en estos bungalós se vive de maravilla.

Ella se pasaba todas las mañanas a comprar el pan y alguna cosilla extra,  se puede saber mucho de una mujer con esas cosillas extras, había dejado de comprar preservativos, ahora compraba chocolate y clínex.  No hacía falta especular mucho para tener la certeza que había pillado esa cosa, ese jodido virus que se pilla una o dos veces en la vida.
Cuando  le pagaba la compra en la caja, casi siempre con monedas sueltas podía ver los ojos de la mujer.  Definitivamente eran ojos que lloraban.  Damián conocía bien esos ojos porque sus hijas también habían pillado el virus alguna vez.  Hasta su mujer lo pilló, aquello fue lo que los unió para siempre. Damián sabe que las lágrimas son poderosas, que no son marcas de debilidad, las lágrimas hablan con más elocuencia que diez lenguas, son mensajeras de ese dolor silencioso y abrumador, de esos sentimientos indecibles.

Las mujeres suelen estar especialmente bonitas bajo los efectos de ese virus, a pesar de su sufrimiento, a pesar de esos días malos.  Suelen tener un brillo especial y una sonrisa  que no se va en todo el día.
Damián cogió los clínex para pasarlo por el censor.  "No deberías comprar tantos clínex señorita".   Ella lo miró con sorpresa.
"Perdone mi atrevimiento, pero  reconozco cuando una belleza como usted está pasando por ciertas tristezas"  Ella sintió vergüenza, se ruborizó a la vez que sintió removerse todas sus mareas.
"No se apure señorita, quiero ayudarle. Tengo hijas y una esposa que tuvieron los mismos ojos que usted tiene.  Reconozco esa belleza tanto como el pena  que lo provoca"  Salió del mostrador  dejando las compras de la mujer abandonadas.  ”No se preocupe de eso, venga, acompáñeme un momento"

Damián entró primero, ella lo seguía.  La dirigió a una especie de  almacén, había muchas cosas, objetos de todo tipo, nuevos aparentemente sin estrenar y otros tan viejos que el óxido goteaba en el suelo.  "Mire señorita, le voy a regalar estas cebellas"  Ella sonrió.  "Pronuncié bien"  Dijo justo cuando las bajaba de donde colgaban.   "Estas cebellas son especiales,  quiero que se lleve este ramillete y que lo cuelgue en su cocina, y que hoy mismo  pruebe la mitad de una de estas cebellas.  Estoy convencido que se sentirá mejor"   La mujer desconcertada miraba al hombre.  "No hace falta  que me cuentes los motivos de necesitar tanto clínex solo necesito que deje algo en esta habitación, como trueque de las cebellas, no me lo de a mi, déjelo por ahí, en el primer hueco que encuentre"   Ella  se miró, no tenía mucho que dar. No podía dar sus anillos, ni los zapatos.  Dejó el sujetador, el pudor hizo que lo metiera en un cajón.  
"Esta bien señorita, salgamos"  Dejó salir a la mujer primero y él la siguió  dirigiéndose de nuevo al mostrador. Hoy al ser un día especial no le cobró la compra.


Varias semanas después la mujer como cada mañana a eso de las 8 AM compró el pan y otras cosillas.
Damián sonrió al verla llegar al mostrador.
“¿Va todo bien señorita?"  Ella afirmó con la cabeza y sonrió dejando marcado esos bonitos hoyuelos infantiles.  Le recordó a su nieta de 9 años. 

Aquella pregunta había sido pura retórica, sabía que las cebellas harían su efecto, eran tan fuertes que la harían llorar tanto al cortarlas que no habría lágrimas para más.  Damián sabía  de sobra que al igual que los grandes edificios no se construyen de un día para otro.  Los grandes amores o los grandes olvidos tampoco.






por regalarme la foto de tus cebollas